"Si me preguntan qué es lo que busco, les diré que trato de encontrar un microscopio para contemplar el espíritu del hombre"

Roberto Matta (1911-2002)

El ente se levantó, sintió un escalofrío recorrer toda su materialidad. Quiso moverse, pero tenía los cimientos atados al suelo, amarrados con fuerza, pegados. Veía oscuridad, no tenía ojos, mas poseía visión, una vista basta.

Sintió a su alrededor el sonido del viento que hacía volteretas y hacía mosaicos con las hojas del entorno. Hubo un trueno, y su estruendo remeció sus huesos hasta los cimientos.

Sintió por primera vez el frío, una capa punzante y dolorosa que recorría su cáscara. En el interior se sentía cálido y agradable. Sí, podía sentir: estaba vivo.

Miró hacia dentro y vio luz; un fulgor cálido recorría cada espacio y recoveco. Espacios de engranaje que se ensamblaban en armoniosa danza, como una cinta dejada al viento, como las gotas de lluvia que bajan por lo vidrios en carrera. Su espíritu gris siguió hasta el centro, y se volvió radiante, se abrió como un capullo y el destello se hizo cegador. Se multiplicó y saturó cada espacio con su ser, como un grito ensordecedor se hizo presente.

De a poco la visión se hizo clara. Las montañas se venían encima, la nieve en las puntas casi se podía tocar, las hojas en los árboles parecían plumas lustrosas y las gotas de la lluvia suave que caía formaban pequeños arco iris. El lago frente a él hacía de espejo, pero no se atrevió a mirar, observaba a su alrededor, cerró los ojos y revivió su nacimiento. El atardecer parecía no querer quedarse por más tiempo, lo siguió recorriendo las estancias hasta que el último reflejo del sol se despidió prometiendo volver al otro día. Su recorrido lo llevó hasta la cumbre, donde abrió el portal que lo llevaba a las estrellas, y se tumbó en la cubierta. Hacía frío, pero su fulgor interior lo mantenía tibio. Se sentía dueño de los puntitos brillantes que lo rodeaban, estiraba las manos y creía poder tocarlos.

El sueño lo venció, bajó hasta su refugio nocturno y se acomodó. Echó un último vistazo a la bóveda celeste y se durmió arropado en la luz de la luna.

Al otro día, con el sonido del reloj, despertó a su muerte diaria.

(cuento que presenté para el concurso del museo de bellas artes, basado en la pintura de Matta "abrir el cubo y encontrar la vida", fui una de los 1.000 ganadores)